Es por eso que el verdadero aporte del artista, cuando tiene carácter, no expresa su fuerza en el contexto, el como se pierde realzando ese poder ausente que se expresa en la sencillez y lo accidental del formato. Los formatos de hoy, en su gran mayoría sobre la base de propuestas arrogantes y por eso superficiales, como si el arte fuera solo el formato y no el contenido personal de una propuesta, no son sino la manifestación de esa carencia fundamental que es el carácter. Y valgan estas reflexiones para afirmar que las identidades en general se alimentan de este poder creador que es el carácter, pues el emblema nacional y los rumbos culturales de una nación dependen de un carácter que los fundamente, de un individuo que preste su carácter para cimentar el anhelo de las grandes mayorías.
En este mundo artístico plagado de propuestas arrogantes es sorprendente la simplicidad del trabajo de Sebastian Guayasamin. Y no solo simplicidad sino honestidad, pues allí donde sobra personalidad, sobra al mismo tiempo la transparencia de quien crea.
En Malestar y fragmentación (un titulo nihilista y posmoderno) el artista nos quiere hacer ver una naturaleza fragmentada y rota, el rostro del descontento, de la marginalidad, del abandono. La obra de Sebastian nos muestra desde una visión alucinante y alucinada, el testimonio de la mas extrema de las impugnaciones a un mundo en total decadencia. Pero en esta impugnación, en este reclamo descarnado los elementos que usa para retratar el desconcierto, los sintagmas y las significaciones de su lenguaje para calificar a ese mundo son verdaderamente sorprendentes. En los aguafuertes destacan los paraguas caídos y descompuestos, esa inutilidad de aquello que sabemos que es útil pero que en verdad no lo es. Aquí la inutilidad de los paraguas allá la naturaleza otoñal, la naturaleza ya consumida con sus hojas secas y arrugadas en una vejez y senectud patéticas. Con esta evocación de la caducidad, los aguafuertes nos hablan la lengua de los tiempos indigentes, la visión apocalíptica de las postrimerías, del mismo modo como esos peces volcados en la superficie, inertes como aquellos que vivimos el final sin darnos cuenta.
Y en esta poesía de los tiempos indigentes sobresalen las figuras en esos pequeños oleos, lúgubres y anochecidos, los agachados y mudos personajes, una junto a un paraguas (el símbolo de la inutilidad), el otro durmiendo en el duro suelo cobijado por la frialdad citadina. Son figuras vacías y melancólicas meditando sobre el infortunio de existir, sobre la pasión inútil de existir como confiesa Sartre en las ultimas palabras del Ser y la Nada. Y en estos paisajes urbanos, algunos grabados y otros oleos donde observamos una encrucijada citadina donde no hay nadie, casi como una ironía de ciudad, un lugar ausente y vacío pero con una belleza sutil, un encuentro entre sombras y luz, entre luz y sombras.
En esta voluntad de exigirnos ver el mundo desde la perspectiva del artista hay la mejor sugerencia de la muestra. Pero no es solo una perspectiva, como decir, un punto de vista al lado de otros. Aquí hay una perspectiva que es la perspectiva del artista o del carácter del artista. Nada mas didáctico que esta voluntad de apreciar al mundo con esos ojos. Nada mas transparente (y honesto) que ese ver que juzga, que recorta un mundo a partir de un único punto de vista. Como dijimos en la inauguración de la muestra, hay que recuperar al artista por sobre la obra, hay que enaltecer al artista mas que a la obra, pues ella, cuando existe el verdadero carácter, no es mas que representante de su verdadero dueño. De ahí que subrayemos que la peculiar manera de ver el mundo del artista, el malestar del artista, el descontento reflexivo que lo sitúa en la otra orilla, siempre será importante para el arte y para la humanidad. Nada mas ver esta exposición para quedar sorprendido por esta ausencia que esta aquí mas presente que nunca. Pues entre aguafuertes y oleos debía asomar esa individualidad que tanto falta hace al arte contemporáneo. Pues la fuerza cultural del arte reside en la generación de individuos con carácter, con lenguaje propio, con perspectivas propias. Solo esa superioridad individual, esa genialidad en el concepto de Schopenhauer y Nietzsche, será determinante para el arte y para la sociedad. Mientras no existan individuos con carácter no podrá existir mas que arte de las mayorías, arte del rebaño y para el rebaño. Lo de hoy no es mas que arte de farándula.
En cierta medida, lo que mas sobresale de la muestra, según nuestro punto de vista, es el autorretrato. Aunque convendría decir dos o tres palabras sobre la técnica del autorretrato en la pintura. En efecto, la historia del autorretrato en la pintura moderna es muy curiosa. Desde los inicios en Durero, constituyo un extraño lenguaje del malestar. El autorretrato fue el escenario de la critica social, del arribismo social como de la inconformidad. Durero se pinta con ropaje que no corresponden a su nivel social como expresando un reclamo a la sociedad. La ironía que esta presente en estos autorretratos nos hace ver que el artista no quiere mostrar su mejor rostro sino mas bien aquella posición social que la sociedad le niega. Por eso es irónico. Y es irónico también pues también representa por primera vez al artista como individuo, o la individualidad y al carácter del artista como individuo. Por el contrario, en los autorretratos de Van Gogh encontramos la paradoja de no ser nunca el mismo, testimonio de una persona que siempre es distinta que siempre esta cambiando. Conciente o inconscientemente Van Gogh retrataba lo que cambia en la persona como lo que cambia en el artista. Y esa extrema despersonalización manifiesta a su modo un malestar, una perdida, un desarraigo, una caducidad.
El malestar en los autorretratos de Sebastian es mas que evidente. Malestar del tiempo en el que vive, malestar de la sociedad que lo rodea, malestar de los valores que no existen. Y en este punto cala hondo en el malestar de la cultura en el que vivimos. Sentimos una cercanía con su punto de vista, incluso la tristeza de ver el mundo como pocos lo ven, como pocos lo sienten. Todo eso nos enseña la obra de Sebastian Guayasamin que esta colgada en la Flacso. No se la pierdan.
JORGE LUIS GOMEZ R.
* tomado del catalogo de la exposición en Flacso, noviembre 2012